Tag Archives: pescar

3 Comments

La pregunta es así de clara, imagino que no da lugar a dudas.

Hace 10 años me preguntaba como y que estaría pescando pasado los cincuenta y ahora me pregunto como me veo pescando de aquí a 10 años.

La meta más cercana es la de los sesenta y estoy en buena compañía, ya que algunos de los amigos que virtualmente o menos han estado cerca son de mi quinta.

No recuerdo que respuesta me di en el 2003 pero, aún dudando de que pudiera seguir con el mismo ritmo tropical, tenía claro que algo iba a cambiar. La parte menos positiva es que el físico ya no es aquello de antaño y todo cuesta más, la parte buena es que he vuelto a disfrutar de la simple acción de ir a pescar, saque lo que saque.

caranx.net blog de pesca con señuelos artificiales en el marSupongo que en los años venideros esta sensación irá a más, pausando y gestionando mejor los días de pesca, disfrutando de lo momentos muertos, cuando hay que comer un bocata o beber un refresco debajo de un árbol. De momento no me veo meneando una caña de mosca, supongo que seguiría con los cacharros y espero haber aprendido algo más sobre el manejo de los vinilos, quizás volviendo a engancharme al black bass, es decir, empezar de cero.

Me da un poco de pena haber descubierto tarde la pesca a vista en agua dulce, pero pienso aprovecharla todo lo que puedo y si con el nuevo pato que me estoy terciando estaré a gusto, intentaré llevarla a otro nivel, le veo aún más posibilidades.

Hace una semana vi un vídeo de unos chicos pescando desde un kayak Hobie y me impresionó la estabilidad de esos trastos y lo rápido que van con los pedales. Ese sería otro reto interesante ya que por lo que he podido entender, también los asientos son la mar de cómodos, y hasta mi espalda a lo mejor podría sobrevivir. Creo que será interesante poder acentuar la relación entre la pesca y el hacer deporte, para llegar a los ochenta en forma y con el corazón que no de problemas.

¿Y vosotros que me contáis, os habéis planteado este asunto alguna vez? Me encantaría escuchar vuestros comentarios, también de los más jóvenes que obviamente tendrán una visión muy diferente.

Pequeños y ligeros

Superficialmente informativo

2 Comments

Señores esto no va bien. El jodío invierno nos deja tiritando al lado de la chimenea (los que la tienen – este servidor está exento) o encerrado entre ventanas y yeso, mirando pa’l patio lleno de hojas secas y ramas peladas. Se entretiene en hombre perdido engrasando carretes y preparar bajos o assist hooks pero falta la chicha, la que abunda en primavera y el verano. Esto de las estaciones es un coñazo, os lo digo yo que por decreto eliminaría por lo menos dos, o tres si me llegas a apurar. En año debería de empezar en Mayo y acabar a mediados de Octubre, eso sí, cada mes debería de ser de unos 60 días, y a tomar por saco el frío pelón y los mocos.

De pequeño me empaquetaban y cada doce meses me tocaba la vía crucis de la semana del puto esquí. Siete interminables días con  los dedos de manos y pies congelados, bajando por pistas insidiosas y aguantando a los idiotas del curso, que siempre hay más de tres y menos de cinco, siendo el cuatro numero de la perfecta pandilla de imbéciles. Que si uno es gracioso, otro esquía bien, el tercero tiene la hermana que está buena y que le lleva a casa todas sus amiguitas para flipar y el cuarto, normalmente un nerd con nombre y apellido, no pinta na’ simplemente le gusta ser cola de ratón, allí donde haya leones al acecho.

Ese era el momento que resumía todo el invierno para un pollito de 9 años, y hasta que pude levantar un poco la voz y rebelarme a semejante torturón, me tocó helarme las extremidades, y en edad ligeramente más adulta hasta los cataplines, que ye se habían asomado. Así que os podéis imaginar cómo me tiene el trimestre dichoso, y si a esto le juntamos un mes de noviembre que es menos agradable que un cachete en el cogote y marzo y abril que son como dos minas vagantes y nunca sabe cuando te van a explotar entre muslo y muslo, veréis que mi nuevo calendario no tiene fallos, amén de ser un sueño de un piráo.

Antaño, cuando el ladrillo tiraba más que un Ave por la llanuras de Castilla se viajaba un poco al trópico, por lo menos tenías una semana en que podías descongelar artos y miembros, pero desde que cayó la gota fría y se llevó todo por delante, menos lo políticos que se salvaron en el Arca de su bendita madre, aquí quedan cuatro que viajan y los presupuestos han menguado, más que un higo puesto a secar. Así que este menda, que utiliza la ventana de su despacho para evaluar la posibilidad de escaparse para un fin de semana en el que incordiar algún amigo que tenga ¡Phone y barco, se queda en dique seco, esperando a que cambie el viento. Y eso que me cuentan de escapadas entre pelonas que resultan asombrosas, con unas pescas de campeonato, épicas diría. Pero hay que pillarlas al vuelo, y solo pueden los que viven con el salitre entre las cejas, no los de secano, cuyo más extendido horizonte acuático es el estaque del Retiro.

Ni mis lucios se dejan, una semana llueve y suben los ríos y otra cae una helada que se quedan los pobre exocidos con bufanda y forro polar. Semanas sin pegar bocado, y muchos menos a un chisme de plástico que se mueve como un bufón alcolico. Me quedo entonces con Kashmir - de Led Zeppelin - machacando los altavoces y el refugio atómico, mi blog,  en nivel Defcon 5, listo para el ataque nuclear. Pos lo dicho, maldito invierno y el frío que lleva consigo, lo único bueno que tiene es que se acompaña  bien con un vaso de Ribera del Duero que agiliza el movimiento de los dedos sobre el teclado, complemento ideal de los paseos que me manda mi médico, porque resulta que a un pringado cualquier, pasado los cincuenta le sube la tensión. Es por el invierno, y la falta de pesca, pero no se lo cree el letrado y venga a mandar pastillas...

1 Comment

Hace poco estuve pescando con unos amigos y el día marchaba como un reloj Suizo; los bichos parecían famélicos y no había manera de hacer una buena sesión de lances sin tener un ataque, que es lo que más tercia por nuestro enfermito Mediterráneo. Iba con mi cañita de Hello Kitty y señuelos grandes como una moneda de 5 duros sin el agujero en el medio y estaba la mar de feliz haciendo fotos y sacando criaturillas resbaladizas.

Después de las primeras picadas, ya comprobada una vez más la eficacia del Piper, más convincente que un billete de cien euros, dejé puerto seguro para empezar a explorar los siete mares, es decir la caja y los tubitos rellenos de señuelos que estaban todos deseando darse un chapuzón y ver que se movía por debajo de la superficie. Como dichoso mago empecé a sacar trastos de los bolsillos y darles coba; que si lanzo para aquí y luego para allá, que si lo cambio, le pongo plomo o le añado una colita… En fin, otra vez más contento que un pingüino en una nevera porque estaba enredando con todos mis juguetes, tal niño despreocupado y con los deberes ya hecho.

La realidad es que una vez apagada la ansiedad de captura me encuentro muy a gusto probando trastos nuevos, experimentando que se diga. Mucho me temo que de esto también va mi trabajo, sino al final no tendría mucho que contar si después de veinte años estuviera todavía lanzando Aile Magnet, pero además del deber, en la búsqueda de nuevas combinaciones ganadoras, está el placer. De haber seguido pescando todo el día con el Piper simplemente hubiese sacado un mogollón de peces pero no hubiese descubierto que hay otros artificiales extraordinarios que sacan peces en el mar y que probablemente en otras circunstancias no hubiésemos no solo probado, sino que ni siquiera traído.

Lo mismo me pasa cuando voy a pescar con los pocos que todavía me aguantan, no hago otra cosa que darles el coñazo para ir a probar “otras” zonas, para echar un par de lances en aquel rincón que nunca jamás han probado o que, de haberlo hecho sin tener éxito habían descartado de la lista de los buenos. Me encanta, no puedo evitarlo, huyo del:”Mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer”, me parece frustrante tener que volver a repetirse sin salvación cuando para lograr un éxito lo único que hay que hacer es fracasar unas pocas veces.

Estoy seguro de que todos tenéis en casa unos señuelos que jamás habéis probado en el mar, los más absurdos si cabe, pero os invito a que le deis un “chance” porque podrían ser reveladores y dejaros con la boca abierta. Hasta la próxima, pequeños exploradores, os contaré un poco más en detalle que es lo que he descubierto. J

5 Comments

Confieso que he tenido dos etapas negativas en mi vida de pescador, cada una tenía sus porque y por como y desde luego he podido salir de ambas gracias a ese instinto de supervivencia (!) que me mantiene entre los seres vivos de este planeta. La primara etapa coincidió con el desarrollo hormonal que activó más de la cuenta la neurona central, aquella situada un palmo debajo del ombligo,  y modificó la programación de mi instinto depredador cambiando la presa final: de aletas y escamas a minifaldas y cinturitas de avispas. En esa temporada obscura venía de la pesca a 360º, en la que me empeñaba a cubrir cuantas más técnicas de agua dulce posibles, seguramente aturdido por los humos de la adolescencia, sin tener ningún problema en cambiar una caja de gusanos por un Yo-Zuri. Curiosamente fue una chica la que me devolvió la pasión por la pesca regalándome una caña equivocada que cambié por una de spinning que debería de conservar todavía; un chicle de un metro ochenta con la que rastreé lagos y ríos del Italia central y septentrional. Esa cañita blanducha trazó mi futuro como pescador, haciéndome talibán del spinning, primero en aguas dulzonas y posteriormente nómada de los siete mares, hasta la fecha.

La segunda, más que pasar embistió, dejándome exhausto mirando un arrecife. Corrían los años del boom tropical, del jigging y el popping más extremos y este servidor se pasaba semanas entre incómodas butacas de aviones y asfixiantes calores tropicales machacándose la espalda para acompañar una legión de cadetes de la pesca tropical llenos de entusiasmo y con todas las ganas del mundo de disfrutar de un momento económico tan boyante que les permitía poder saborear semejante lujo sin mirar atrás. Como muchas cosas en esta vida también demasiada pesca llega a cansar y sobre todo ir a pescar por obligación, ya que se trataba de mi trabajo, le quita buena parte del encanto. Hay días en los que no te apetece , así de sencillo, y es bueno poder respetar esos momentos. Pescaba mal, perdía muchos animales, no lograba enganchar un bicho decente y el cansancio físico y psíquico, antes fuera de mi órbita personal, me atacaba con siempre más insistencia.

Hubo un par de eventos que me salvaron, al primero fue el nacimiento de mi hija que si por un lado me había empujado a trabajar más por aquello de que suben gastos y responsabilidades, por el otro me hizo volver en mi, empecé a echarla mucho de menos durante los viajes y según ella crecía, más la extrañaba: pude apreciar que aquello no iba por el camino correcto y corregir el tiro. Por otro lado irrumpió en mi vida una nueva pasión, la fotografía, se convirtió en mi válvula de desahogo que me consentía seguir trabajando en los viajes tropicales, llevar a casa material fotográfico de siempre mejor calidad y pasar menos tiempo con la caña en la mano sin tener que dar explicaciones para ello.

Ahora, dejado un poco de lado el jigging que por algunos años había monopolizado mi afición he vuelto al pasado, divirtiéndome como un enano con el spinning ligero y peces que no tienen porque ser muy grandes para emocionarme. Por quinta vez he cambiado ya de distrito y en este medio siglo de vida me siento como si acabara de empezar; life is beautiful 🙂

4 Comments

No me voy a extender mucho pero quiero compartir con vosotros, en plan sesión de psicoanálisis colectiva, algo que me pasa cuando voy a pescar. Sucede que hay días que por alguna razón llegas a tu día tan esperado con un cabreo olímpico. Pues a mi, sin duda, me afecta un porrón. Me explico, ese mal estar que me acompaña influye negativamente sobre el desarrollo de mis funciones básicas que en condiciones normales me permitirían desarrollar una acción tan sencillas como hacer un nudo.

Entiendo que hay personas que consiguen llevar disgustos, enfados o preocupaciones con sublime indiferencia pero desafortunadamente no pertenezco a esta raza superior y los marrones me los como con patatas, hasta me los llevo de viaje allá donde me vaya. En práctica si llevo el mal rollo pegado a la chepa empiezo a hacer muchas más estupideces de lo habitual; lanzo mal, se me hacen enredos y fallo las picadas, pero sobre todo hasta haciendo lo que más me gusta no le encuentro el puntillo y no consigo disfrutar como debería.

Ese es otro punto interesante ya que no siempre, aún con un par de días de pesca por delante, consigo olvidarme de los problemas si es que he llegado con ellos. Si se trata de un asunto de poco calado puede que desaparezca tras la picada de una hermosa lubina que pone las cosas de nuevo en su sitio con la inestimable ayuda del ego, sin embargo si el problema es gordo mucha lubinas debe de haber para que se allane y encima, ya que me pongo a pescar como un macaco borracho difícil será que me pique una sola.

Cuando avanzo con el corazón ligero y la mente despejada todo sale bien y no estoy hablando de capturas extraordinarias o de un pez tras otro sino que simplemente la cosa marcha, disfruta este servidor como un gocho en el lodo y si cabe me voy más feliz de lo que he llegado.  Así van las cosas y así os las hemos contado, y ¿como lo lleváis vosotros el tema de las emociones? Os dejáis afectar como este pringado o sois  más fríos que una merluza de Pescanova?

Last updated by at .