Paperoga

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Os acordáis de Paperoga, el primo aún más desgraciado de el Pato Donald, que ya de por si se las traía... El otro día me vi perfectamente reflejado en el, os cuento porque. Una tarde decidí ir a mi pequeño coto luciero cerca de Madrid, perecía que iba a haber tormenta y esto suele ponerles muy activos. Me llevé una caja de novedades de Molix que quería probar y más feliz que un niño con un juguete nuevo tiré para allá. Al llegar empezó a caer una buena, un poco me lo esperaba pero me cogió justamente al salir del coche; espero un poco y en cuanto empieza a bajar me pongo los vadeadores y me acerco al río. Al llegar, por mi gran asombro, lo encuentro altísimo y con el agua bastante sucia. Intento meterme por unas zarzas impenetrables y consigo hacer cuatro lances, con el señuelo que en lugar de nadar volaba directamente, tan fuerte bajaba el río. De vuelta a la zarza, agujeros por todos lados, espinas en lo más profundo y finalmente subo al coche para cambiar de sitio. Debería de haberme ido a casa.... Al bajar al río tropiezo con algo  no identificado y me aflojo como un guante de seda, con la mala suerte de que apoyo el pie equivocado y me lastimo el tobillo. No pasa na', se sigue, a caldo no duele tanto. después de diez metros, no más, me encuentro, o mejor dicho mis vadeadores se encuentran con un alambre que decide operar una laparoscopia a mi rodilla; resultado un agujero así de grande. Avanzo como puedo y finalmente llego al río, cuyas orillas estaban tupidas como nunca, y los pocos pasos que había eran como galerías de tortura, o más bien agujeros para los guarros. Bien, me asomo, pasa la cabeza, pasan los hombros y después de librar batallas mortales con las zarzas consigo meter pie en el río. Sigue alto, sigue corriendo, sigue tomado. Después de pocos lances toca cambiar de lugar, y de vuelta a empezar. Finalmente, después de haber logrado sacar un Lucio del tamaño del señuelo y haber tenido otra picada, decido abandonar ese menester para mi demasiado peligroso y volver al coche. Me espera remontar una pequeña colina, pasar un alambre, cruzar un bosque de plantas que si no son carnívoras poco les falta y cruzar los dedos para que los perros de la finca del al lado no me vean y ataquen. Más o menos lo consigo después de caerme unas docientos cincuentas veces, acabar de destrozar los vadeadores y rajarme brazos, cuello y cara como una cebra. Esto no puede ser, tanto barco tanto barco y al final uno no sabe ni moverse por este planeta; me parece que me hace falta entrenar un poco mis maltrechas patas, antes de que no pueda ni bajar a tirar la basura...