Menos de 30 millones de personas que poblan un continente grande poco menos que Europa suena un poco como a película de ciencia ficción. Esta es la realidad de Australia, un país “afortunado”, donde la gente raramente se codea y, a parte las grandes ciudades y los lugares más cotizados por el turismo que viven los males de nuestro siglo, el resto está al estado salvaje y la naturaleza es la dueña absoluta. Afortunados también los pescadores, que encuentran en las aguas interiores y en el mar una vasta elección de especies sometidas a una presión relativamente baja y, aunque objetos de pesca profesional, siempre menos achuchadas que en nuestros mares. Mucho menos diría. Me explico mejor. Hay zonas de Australia donde posiblemente mojan líneas unos 20 pescadores al año, y otras donde no llega nadie simplemente porque es imposible llegar, como en muchos lugares de la costa Oeste, la que se asoma en el Índico. Un país tan grande además ofrece ambientes muy diferentes y especies autóctonas únicas, que varían según la posición geográfica. Al Sur encontramos animales más bien de aguas frías o temperadas y mano a mano que subimos hacía al norte acercándonos al trópico, vemos los cambios de la costa, agua y bichos. 

 

Hay lugares en el mundo que se han ganado a pulso el estatus de mito para los pescadores, y Weipa es uno de ellos. Esta pequeña ciudad de 1.500 almas se encuentra en la costa oeste de la península de Cape York, asomada al Golfo de Carpentaria, prácticamente un inmenso sistema de estuarios. Carpentaria es un golfo muy especial, movido por unas mareas extremas que llegan a tener desniveles de 6 metros como de pocos centímetros y unos ambientes tan variado entre barrera de coral, rocas, playas de arena y de fango, manglares, piedras, todos a escasa profundidad, por lo que me explicaba mi guía, que raramente supera los 60 metros, hasta a mucha millas de distancia de la costa. Weipa es la base para pescar esta inmensa bahía, no es el única desde luego, pero es la más famosa y donde se encuentran los mejores guías y unas infraestructuras decentes con hoteles y algún restaurante. Como guía había elegido el señor “Fish”, este es su mote desde pequeño y seguramente se lo ha ganado en el campo de batalla visto que su fama ha llegado hasta los últimos rincones del mundo. Su verdadero nombre es Alan Philliskirk conocido como un gran pescador de mosca y colaborador de prestigiosa revista y de famosos programas televisivos. La leyenda narra que, durante la buena temporada, en Carpentaria se pueden sacar hasta 50 especies diferentes con solo utilizar moscas o señuelos y esta increíble diversidad era lo que más me atraía. Íbamos a pescar como siempre solo con señuelos artificiales, sobre todo jigs y poppers aunque, en determinadas ocasiones, sobre todo para los Barramundi, la elección caía en algunos minnows de fabricación australiana, los DK de mi amigo Dave Killalea (www.lures-on-line.com), un constructor de artificiales muy famoso en su país. El equipo era el de siempre, cañas de 2,10 en dos o tres tramos que lanzan hasta unos 70 gramos, con carretes Daiwa Capricorn y Ondine tamaño 4.000 e hilos en multifilamento de # 20 y # 30 libras y bajos de nylon de 60 o 80 libras, con un pequeño alambre cuando buscábamos los Mackerel, que tienen unos dientes muy peligrosos.

 

No nos habíamos alejados más de media milla de la rampa que Alan nos levó hacía un averío dentro de la misma Albatross Bay. A los 5 minutos de subir a bordo yo y Lydia estábamos trabajando duro para llevar al barco un doblete de Queenfish: las cosas no podían ir mejor. Alan no quiso quedarse mucho en la bahía porque según el los peces eran pequeños, pero en esa media horita sacamos muchos animales incluido un precioso Golden trevally que mordió uno de mis “caranx jigs” maniobrado por Lydia. Con rumbo sur salimos de la bahía en búsqueda de nuevas y desconocidas especies. Más Queenfish deleitaron nuestra mañana, animales grandes de más de 7 u 8 kilos, excelentes adversarios. Los cogimos arriba con los poppers o abajo con los jigs, abundaban de una manera increíble y nos perseguirían por toda la semana, llenando lo momentos de calma y enfureciendo los de actividad. Por la tarde seguimos pescando en un fondo coralino, levantamos con los poppers una buena cantidad de animales, Lydia se hizo con otro Golden Trevally y al final del día contábamos ya con 8 especies diferentes. La segunda jornada la dedicamos al Barramundi: el plan de Alan era de pescar el Pine River, al norte de Weipa. Con la marea llena íbamos a tocar unas piedras en la desembocadura del río, mientras en cuanto empezaba a bajar subiríamos arriba para derivar con la corriente y pescar el manglar. Las mareas en Carpentaria son determinantes, y Alan sugirió salir justamente ese día porque era el que mejor marea tenía para pescar el Barramundi. En el Pine River empecé con buen pié, clavando un tiburoncito que se tiró a un paseante, poco después llegaron dos Mangrove Jacks y finalmente decidimos remontar el río para buscar el “Barra”. Con la marea todavía alta tuvimos algún que otro problema en localizarlos, pero me entretuve con otros animalitos que cruzaron nuestro camino, Peces Arqueros, Breams, “cocolilos”.... Bueno, de cocodrilos había cantidades industriales. Los “salties”, como los llaman en su tierra, son los cocodrilos de mar o mejor dicho de estuario, uno de los animales más peligrosos que cruzan aquel continente (existe también el cocodrilo de agua dulce, inofensivo): en Cape York abundan y se pueden ver calentándose al sol encima de los bancos de arena. Los cocodrilos no constituyen peligro para las personas si a estas no se le ocurre mejor idea que nadar en un río de agua tomada o pegarse un bañito por la noche.  El primer Barramundi entró a un señuelo de Dave Killalea, aunque pequeñito era el primero de mi vida y eso tiene merito. Con el avanzar de la tarde y el vaciar de la marea aumentó el número de picadas y una vez anclados a la desembocadura de un pequeño arroyo, empezó la rumba. Estos arroyos no son nada más que canalitos que se forman el la arena y que con el alta marea se llenan de alevines y peces pasto que nada más bajar el nivel del agua se ven obligados a salir del “escondite” y afrontar la dura realidad del gran río. Allí les espera a boca abierta una legión de depredadores, y nosotros a ellos: la eterna cadena de la vida.... Salieron 9 Barramundi, y algonos Flatheads y Catfish, todos engañados por los señuelos de Dave Killalea o algunos Duel. El tercer día fue algo apoteótico, anclamos encima del reef y empezamos a brumear con sardinas. Los primeros en llegar fueron los tiburones y acto seguidos los Queenfish, que se largaron después de poco tiempo molestados por los tiburones. Entonces entraron los Mackerel y aquello estuvo de lo más entretenido por las picadas y las carreras que hacían. Recordaré ese día por mucho tiempo. De repente apareció en la estela del barco una Barracuda que seguramente era la madre de todas las del Golfo. Le tiramos de todo y ese bicho, curiosamente de color muy oscuro, rechazó nuestras ofertas hasta que saqué el señuelo mágico y se lo presenté delante da la nariz. En un nanosegundo la Barracuda engulló el jig de bucktail “made in caranx” y salió con cierta prisa hacía Papua Nueva Guinea. Peleé sin miedo, visto que no suelen enrocarse, con la única preocupación de los tiburones que podían atacarla y mutilarla. Sin embargo, la simpática criatura tenía otros planes, y consiguió liberarse aplastando el anzuelo y dejándome sin foto. Entre los recuerdos más espectaculares hay el de el Tiburón Toro que atacó a un Queenfish: le entró como una furia mientras yo lo estaba peleando, envistiendo, como su homónimo cuadrúpedo. Así como me enseñó un guía americano, abrí el carrete y aflojé el hilo: todos pensaríamos que en este momento el pez, sintiéndose librado de la tensión se escaparía corriendo, sin embargo ocurre algo muy curioso. El pez se queda quieto y se aleja lentamente del tiburón, y este empieza a dar vuelta como un loco intentando localizar a su presa. Ninguna sorpresa, todo tiene una explicación científica. Los escualos tienen pésima vista y se dejan guiar por su olfato y por las vibraciones que emiten los otros peces. El Queenfish, quedándose quieto, al no emitir ninguna vibración alarmante, se ha prácticamente hecho invisible a su atacante. Los otros días nos vieron atacar otras zonas siempre con resultados fenomenales, por fin saqué tres de los Atunes locales y aumenté mi currículo de carangidos con un Golden trevally, un Gold Spotted trevally, Un Cale Cale Trevally y mi amigo el GT, o Giant Trevally: el macarrilla de barrio. Los encontramos en un reef al sur de Weipa, el primero entró de sorpresa a un jig y después de una breve pelea consiguió romper en las rocas. El segundo casi lo tenía al lado del barco y me abrió un anzuelo y el tercero cayó sin remedio, después de una breve pero muy muy sufrida lucha. Me ayudó un bucktail jig con anzuelo de acero que me había dato mi amigo Steve Badman, de Demonjigs (www.demonjigs.com).

 

Acabó así nuestra semana en Cape York, muchas victorias y algunas derrotas. 26 especies diferentes fueron las que contamos, una buena media por solo dos cañas y a pesar de la mala temporada. Alan fue guía, maestro y amigo. Aprendimos de él muchas cosas nuevas, y disfrutamos verdaderamente de su presencia en el barco, sobre todo cuando empezó a entrar en confianza y soltar su humor inglés. Un gran ser humano e señor Fish, hasta se molestó en aprender alguna que otra palabra en castellano. Espero volver a verle pronto, y volver a Oz cuanto antes, todavía queda mucho por explorar...

 

Nicola Zingarelli

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